La diferencia entre Cristiano Ronaldo y un ser humano común es, desde el punto de vista genético, mínima. Incluso entre un chimpancé y un humano, el genoma compartido es casi todo. Sin embargo, pequeñas diferencias son las que dan lugar al abismo enorme entre nosotros y los simios africanos, y aún menores las que nos separan de una estrella del deporte, aunque la cuenta corriente diga otra cosa. Por ahora, que se sepa, no se provocan cruces entre atletas de élite para lograr nuevos hitos olímpicos, pero la reproducción entre especies mejoradas está en la base de nuestra civilización. Desde hace menos de dos décadas, la posibilidad de conocer el secuencia completo de especies con interés económico está acelerando ese proceso de mejora.

A mediados de agosto se publicó la secuencia completa del genoma del trigo, un cereal que proporciona a los humanos una de cada cinco calorías que consumen, y hace una semana se anunció la de la adormidera, una planta esencial para producir fármacos contra los dolores más insoportables. Con informaciones como la que obtienen estos proyectos, científicos de todo el mundo tratan de desentrañar los secretos de los mecanismos biológicos de plantas y animales para reforzar los rasgos que resultan más interesantes o atenuar los indeseados. La tarea pocas veces es tan simple como identificar un gen responsable de una característica para potenciarla o apagarla.

Destruir la inteligencia es fácil, sin embargo, mejorarla es muy complicado, porque va a requerir que se modifiquen muchísimos genes a la vez

Fuente: El País >> lea el artículo original