“El rector ha elegido a su equipo basándose en sus preferencias personales, no necesariamente en el interés de los estudiantes, el de la facultad o el del personal.
Los cursos se reparten como le interesa.
Si caes bien, vas.
Si no, no, aunque esté relacionado con tu área”.

“He visto al rector tratando a un vicerrector horriblemente.
No me imaginaba que nadie pudiese tratar así a otro ser humano”.

“El rector tiene problemas a la hora de gestionar la ira”.

Como se dice popularmente, al susodicho rector le deben de estar pitando los oídos.
Estas tres opiniones aparecieron recogidas en la encuesta de clima laboral de una anónima universidad pública de la que solo sabemos que tiene alrededor de 20.000 estudiantes y 1.500 trabajadores —los autores no quieren dar más datos—, y que ha sido retratada por tres investigadores de la Universidad Estatal de California como una casa de los horrores laboral, un centro universitario destruido por un líder infame (el estudio se ha publicado en 'Leadership', pero bien parece una versión inversa de 'El jefe infiltrado').

El líder puede haber fracasado, pero no habría logrado imponer su tiranía si no se hubiesen dado las condiciones necesarias

La universidad es analizada con la teoría del triángulo tóxico.
Un término comúnmente utilizado para analizar el entorno empresarial, pero no tanto en la universidad.
Es el producto de una tormenta perfecta entre un “líder destructivo”, “seguidores vulnerables” y un “entorno favorecedor”.
Financiación decreciente, organizaciones con el poder muy concentrado, miedo y amenazas son factores comunes en la universidad española e ingredientes de un cóctel que los investigadores consideran una organización tóxica de libro.

El resultado parece 'El director', de David Jiménez, en el campus, con sus apodos, sus conspiraciones y sus venganzas.
El retrato de cómo una institución donde en teoría están vigentes la libertad de cátedra y la gobernanza compartida se convierte en un chiringuito donde uno manda, otros pocos se aprovechan y el resto obedece o se marcha.
Historias de corrupción, favoritismos y miserias hay muchas.
Contadas con tanto detalle como este trabajo sobre la mamandurria, casi una investigación periodística construida a base de filtraciones y entrevistas, pocas.

Las lecciones que extraen los investigadores pueden parecer obvias, pero son un buen aviso.
El líder puede haber fracasado, pero no habría logrado imponer su tiranía si no se hubiesen dado las condiciones necesarias.
Por ejemplo, un sistema que puso a los pies del nuevo rector toda la universidad, una cultura del miedo y del favoritismo que ya estaba instalada y, sobre todo, el (des)afortunado encuentro entre un líder destructor y sus seguidores “colusivos”.
Quizá la lección más valiosa: los trepas son peligrosos, pero también aquellos que simplemente se mantienen al margen porque les beneficia.

1.
Llega el rector, comienza la caza

El rector saliente era muy querido por sus compañeros, pero cometió un error: desarrollar un protocolo de elección de sucesores secreto.
Quizás el responsable de selección debería haberse fijado en que el mismo día que fue entrevistado para su nuevo puesto, el rector entrante había perdido una votación de confianza en la universidad de la que provenía, entre otras razones, porque no parecía muy interesado en colaborar en la gobernanza compartida del centro y su intento de dictar el currículo, algo que no era su competencia.

Están echando a la gente sin razón, los administradores competentes están siendo sustituidos por otros peores

Las cosas comenzaron a cambiar nada más llegó el nuevo rector al puesto.
Gran parte del antiguo personal directivo fue despedido y aprovechó para reformar la jerarquía del centro.
En una encuesta, un trabajador se quejaba de que “están echando a la gente sin razón particular, los administradores competentes están siendo sustituidos por otros menos eficientes”.
Comenzaba la caza de brujas: el que se movía, no salía en la foto y perdía su puesto.

El doctor Fidelus y el doctor Ambir son dos de los personajes secundarios más fascinantes de la historia, que reconocerán esos profesores asociados que han pasado años sufriendo para ver cómo el enchufado de turno los adelantaba por la derecha.
Fidelus, el Alma Perdida, era un amigo del rector, que había financiado su trabajo, y al que dedicaba regularmente artículos sobre sus logros.

Ambir, el Oportunista, era incluso mejor.
Después de pasarse años quejándose por su sueldo, consiguió un sensible aumento —de un 40%— cuando fue nombrado parte del comité de planificación estratégica… Aunque la universidad ya había contratado a un consultor externo.
Cinco años después, Ambir se convirtió en el beneficiario de una plaza vacante al más alto nivel, a pesar de los informes en contra y de no tener la formación necesaria.
El puesto estaba dado de antemano.
“El rector contrata y promociona a los amigotes y pelotas sin fijarse en sus méritos”, se quejaba un profesor.

2.
Estalinismo universitario

En la segunda fase, la desaparición de los anteriores líderes del centro produjo la extinción de los viejos valores.
Si quieres saber lo tóxica que es una organización, recomiendan los autores, no hay nada como fijarse en cuántas personas se marchan, por qué y quiénes los sustituyen.
“Si se reemplaza por completo la nueva guardia, el vaciado del núcleo de liderazgo provocará una pérdida sustancial de historia institucional y de memoria que puede afectar a muchos aspectos del funcionamiento organizativo”.

El caso más claro fue el de la dimisión del vicepresidente económico, considerado uno de los “más competentes jamás fichados por la universidad”.
“No sé qué vamos a hacer excepto lamentar el inevitable deslizamiento del campus hacia la mediocridad”, lamentaba en un correo electrónico uno de los miembros del profesorado.

Nuestro campus ha pasado de ser una comunidad que se preocupaba por los demás a un campus de políticos a los que no les importan los estudiantes

Por si fuera poco, el 3 de junio del siguiente año, un breve correo electrónico del rector anunciaba que uno de los decanos más queridos lo dejaba.
No solo era mentira —había sido despedido— sino que la noticia provocó un aluvión de comentarios.
Positivos para el decano saliente, negativos para el rector.
En otro 'mail' filtrado, otro compañero jubilado lamentaba que “hay un elefante en la habitación, y todos parecemos estar bailando alrededor de él”.

No había que dar muchas vueltas para descubrir quién era ese elefante.
“El aluvión desde la facultad y el personal atestiguando el valor del decano para la universidad es tan arrollador como la sorpresa por la tristeza de las noticias sobre su partida, así como por la brevedad y naturaleza críptica del anuncio del rector”.
Glups.
“Lo que está a prueba son las relaciones entre el personal y, especialmente, la legitimidad del liderazgo de la universidad”.

Primero se elimina a los enemigos, después se acaba con la cultura que habían creado.
“Aquí me sentía en casa, era un lugar donde me sentía valorado, apreciado y seguro”, respondía otro trabajador en la encuesta de satisfacción.
“Ya no me siento así, durante el último par de años he tenido la sensación de que nuestro campus ha pasado de ser una comunidad de individuos que pensaban parecido y se preocupaban por los demás a un campus de líderes políticos que ponen en marcha cambios que sirven a propósitos que no tienen nada que ver con los estudiantes”.

3.
Viviendo en las tierras baldías

A pesar de los esfuerzos de diferentes responsables de la administración para evitarlo, en el cuarto año de mandato, el senado de la facultad consiguió sacar adelante una encuesta de satisfacción.
Tan solo participó el 49% del personal.
Los demás, como explicaba otro compañero que sí lo había hecho, “no quieren participar porque tienen miedo de que se les pueda identificar y castigar.
Uno detrás de otro han manifestado tener miedo al acoso del rector”.

Cuando alguien iba a quejarse a Recursos Humanos, sus jefes se enteraban antes de que volviesen a sentarse a la mesa

Entre el 49% que participó, los resultados fueron devastadores.
El 89% manifestó que la moral había empeorado, debido principalmente a un mal liderazgo en el campus.
A saber: el rector era ineficaz, atacaba al personal, no valoraba ni respetaba a los trabajadores… Los autores de la investigación lo definieron como “una brecha de confianza entre la administración, profesores y trabajadores”.

La situación de desamparo era generalizada.
Si acudías a quejarte a Recursos Humanos, lo más probable era que tu jefe se hubiese enterado antes de sentarte a la mesa.
“He visto a muchos empleados acudir a Recursos Humanos para reportar casos de acoso y recibir una notificación de sus superiores diciéndoles que saben que han ido a quejarse y que no piensan hacer nada”, señalaba uno en la encuesta.

Nada de ello habría sido posible sin la intervención de una cohorte de aduladores, que permitieron al rector llegar y mantenerse en su puesto, a pesar de tener a su equipo en contra.
Gente como el doctor Fidelus, que calificó la encuesta de clima laboral como “pseudociencia fatal”.
Un calificativo que muestra de nuevo que agitar el muñeco de paja de la pseudociencia siempre resulta cómodo para ridiculizar el enemigo.

Así están las cosas

El triste final del decano fue el momento en el que gran parte del personal de la universidad se dio cuenta de que algo había cambiado para siempre, pero venía de lejos.
“Un número sin precedentes de despidos y abandonos había destruido el sentimiento de comunidad del que solíamos disfrutar en este campus”, reconocía otro entrevistado.

La burocracia ha contribuido a la sensación de que no somos una universidad, sino una continuación del instituto

Miedo, división, venganza, favoritismo y acoso son los términos utilizados por los trabajadores para describir su realidad, que había comenzado por perjudicar su día a día y estaba amenazando la credibilidad del centro: “Lo que menos me gusta de los últimos cinco años es el continuo intento de convertir el campus en un parque de atracciones en lugar de un centro de estudios”, se lamentaba el personal.
“La burocracia ha contribuido a la sensación de que no somos una universidad, solo una continuación del instituto”.

La gran pregunta es: ¿podría haber hecho algo alguien? ¿Cómo es posible que un administrador déspota se adueñe de toda una institución pública? La respuesta es digna de Hannah Arendt.
Quizás haya que fijarse en los 'seguidores', que tienen razones ambiguas para no llevar la contraria al líder.
Por ejemplo, la sensación de que simplemente carecen del poder para no salir perdiendo.
Otros lo racionalizan: “No podemos cambiar este entorno tóxico por nosotros mismos y no tenemos tiempo o recursos para llevarlo a la administración”.
Y algunos simplemente consideran que la mejor rebelión es aguantar.

Esa es la tragedia final del triángulo tóxico que afecta a universidades, empresas, instituciones y toda clase de organización predispuesta al abuso de poder.
“Aunque el líder es el foco de nuestra historia, el medio en el que se formó fue el componente más potente de este triángulo”, concluyen.
La semilla de maldad no germina en un suelo baldío.
Que cada cual afronte su parte de responsabilidad.