La cooperación médica cubana se basa en la vocación de servir a los seres humanos, especialmente a los más necesitados.Foto: Araquém Alcántara

Cuando buena parte de Bayamo dormía aún el amanecer de ayer domingo, la joven doctora Zoila Verdecia bajaba, de bata blanca, rumbo a una guardia más.

«Ahí dejé a Samuelito, rendido.
Mañana arranca la escuela y hay mucho pendiente todavía.
Para el círculo infantil servía cualquier ropita, pero ahora en prescolar ya es uniforme, y mochilita, y forros de cuadernos.
Cuando llegue, a la hora que sea, me batiré con eso; pero ahora para el cuerpo de guardia, que la salud de la gente no espera».

Sobre la cerca del organopónico, el encargado César Santí la escucha mientras le adelanta, directo del cantero, un manojo de habichuelas frescas.

«Tome, doctora, para que adelante.
Usted va a su guardia un domingo.
¿Cuántos médicos cubanos más, aquí y fuera del país, estarán hoy haciendo lo mismo? Y entonces vienen el Trump y su camarilla a pagar millones para demostrar que “son esclavos”, que “víctimas de la trata de personas”.
No, si yo digo…».

«Gracias, César», espeta Zoila en apurada retirada, y a tres pasos se vuelve, solo para acotar: «Y de eso que habla, puro cinismo el de ese Gobierno».

A la vera del huerto urbano bayamés, el veterano José Antonio Martínez y César prolongan el comentario: «¡Qué loco ese Trump! Solo les queda, como siempre, el recurso del dinero.
Piensan que pueden comprarlo todo, hasta para negar lo evidente.
Cuba comparte, sirve, es solidaria; pero por tal de agredirnos Estados Unidos no halla qué inventar.
Pagar para fabricar mentiras contra la colaboración internacional cubana es absurdo e inaceptable».

Y en la mañana del domingo, justo un día antes de que millones de niños vuelvan sin pagar nada a las escuelas que los forjan como hombres de bien, César concluye la reflexión de Martínez: «Pagan millones para sentar a Cuba en el banquillo de los acusados, cuando el mundo entero es testigo de la verdad cubana y de la gran mentira estadounidense».

Los cooperantes cubanos, ejemplo vivo de solidaridad y amor

«Es lógico que al imperialismo no le gusten, porque mientras ese sistema destruye y depreda, los cooperantes cubanos en decenas de países benefician a millones de personas y son bendecidos por los pueblos del mundo», considera la licenciada Milagros López Frank, destacada enfermera de Cienfuegos, con 37 años en el sector y cooperante internacionalista en Angola entre 2008 y 2011, y en Guatemala de 2015 a 2017.

Afirma que no importan las mentiras de Washington, porque la verdad la escriben los pueblos, y los médicos, enfermeros y técnicos cubanos son amados por la gente pobre de muchas naciones, quienes ven en ellos su única posibilidad de curarse.

Milagros respalda con vehemencia la Declaración del Ministerio de Relaciones Exteriores (Minrex) que condena las nuevas acciones de Estados Unidos y se pregunta si el imperio sería capaz de enviar especialistas asistenciales a comunas, favelas, aldeas del Amazonas, poblados selváticos, en fin, a todos esos sitios donde van los nuestros.

Es, aclara, una pregunta retórica, porque sabe que eso es imposible.
Solo Cuba, complementa, posee la combinación de altruismo, amor y humanismo que permite tanta nobleza.

«Nosotros no solo curamos en América Latina, África y Asia; también educamos para la Salud, que resulta básico en poblaciones desprotegidas del todo».

Julio Marcial Hidalgo, estudiante de Licenciatura en Gestión del Desarrollo Sociocultural, de la Universidad de Cienfuegos, afirma que el mayor contrasentido del universo es que un sistema que ha expoliado los recursos humanos y materiales del mundo acuse a uno de los países  más generosos del planeta de trata de personas o esclavitud.

Él manifiesta que por eso es tan importante conocer la historia.
Estados Unidos se forjó como imperio a base de la anexión, la compra, el despojo de grandes territorios.
Sus botas de guerra hollaron todos los continentes y la población local solo fue una «baja colateral», acota.
Sin embargo, abunda, nosotros, país pobre y bloqueado por esa nación, repartimos solidaridad.

El orgullo de saldar nuestra  deuda con la humanidad

La hija de una paciente que ya no reside en Cuba, le dijo una vez: «Doctor, si usted viviera en Estados Unidos fuera millonario»; pero al pinareño Higinio Hernández, ni su título de cirujano maxilofacial, ni las conferencias impartidas en Suiza y Alemania, ni las misiones en Guyana y Venezuela, le han hecho olvidar su origen.

Por eso no dudó en responder: «Si hubiera nacido en otra parte, negro y de familia humilde, lo más probable es que hoy no fuera médico».
Con más de 40 años de experiencia, el doctor Higinio tiene, más allá de la habilidad quirúrgica y la maestría docente, la gratitud de miles de pacientes como el mejor testimonio de su entrega.

María es un nombre tan numeroso como las historias que podría contar, pero así se llamaba aquella señora del estado venezolano de Mérida que arrastró por diez años un dolor neurálgico que solo él pudo aliviar a base de fármacos y acupuntura.
No recuerda, sin embargo, el nombre de aquella que operó los párpados caídos, ni de la anciana a quien reconstruyó el rostro.

«No acepto que nadie cuestione la calidad de la Medicina cubana ni la formación humanista de sus profesionales», dice a propósito de la campaña del Gobierno de Estados Unidos.
«No somos esclavos de nadie ni vamos a trabajar a otros países obligados.
Fidel dijo una vez que ser internacionalistas es saldar nuestra propia deuda con la humanidad, y yo estoy de acuerdo con él.
De ahí que sienta orgullo de haber podido ayudar a otros pueblos, y de que nuestra Medicina no se base en el mercantilismo, sino en la vocación de servir al ser humano».

Especialista en Medicina interna desde 1991, el doctor Juan Carlos Hernández tiene un pensamiento similar: «He cumplido misiones en Sudáfrica, Botswana, Dominica, y puedo decir que he trabajado duro, pero nunca me he sentido oprimido ni esclavizado.
Por el contrario, uno se desarrolla como médico y aprende», asegura.

Su especialidad hace que muchas veces haya tenido que lidiar cara a cara con la muerte.
«En Sudáfrica conocí muchos pacientes con VIH, que no tenían cómo comprar lo poco que existía de medicamento en aquella época para tratar la enfermedad».

La doctora Miriela Mesa todavía mantiene comunicación con pacientes que atendió durante tres años en Venezuela: «Las personas por lo general son agradecidas.
Fuera de Cuba uno trabaja igual que aquí o quizá un poco más, pero nadie nos presiona para que vayamos, ni hay un solo médico que salga del país en contra de su voluntad».

Es el caso de Nora María Lemus, quien a pesar de su vasta experiencia como especialista en Medicina General Integral y en Geriatría y Gerontología, en el hospital León Cuervo Rubio, de la ciudad de Pinar del Río, nunca ha querido trabajar fuera de Cuba.

«Ahora que mis hijos están grandes es posible que lo haga, pero en su momento, cuando me lo propusieron, expliqué que por motivos familiares no estaba en condiciones, y me entendieron.

«Nadie me ha cuestionado nunca por ello, ni me han recriminado.
Todo lo contrario, mantengo mi posición y todas mis prerrogativas como médico».

Este día de septiembre, en que las escuelas de esta Isla abren al unísono las puertas de un nuevo curso escolar, otras puertas en cualquier rincón del mundo abren también para extender el brazo solidario y generoso de Cuba para los desposeídos.

Y claro que la mayoría de los médicos internacionalistas ofrecen su trabajo en condiciones que no son las mejores.
No es posible instalar una consulta ideal sobre pilotes hincados a la vera de un río del Amazonas, ni tampoco entre las paredes de piedras que en una fría ladera andina alivia a cientos de aldeanos.

Así como el hábito no hace al monje, no es el hospital de lujo lo que refrenda el ejercicio exquisito de la Medicina.
Nadie será, por ejemplo, más médico que aquel que salvó de la muerte a cientos en Haití, bajo la tienda de campaña instalada entre el escombro y el polvo suspendido de un terremoto terrible; o que el galeno que superó «por los pelos» una infección de Ébola mientras salvaba a otros, y volvió después a la línea de su combate, a repetir, en la segunda oportunidad de la vida, el riesgo de entregarse por amor a los demás.

Si esa es la acusación, y el altruismo un delito, entonces Cuba es culpable.
Ya perderán los trasnochados sus millones.
El dinero que sale por el mundo a comprar mentiras, jamás podrá pagar salud ni el sacerdocio de la Medicina verdadera.